La tapa y contratapa de su libro “Mil batallas” lo muestra en fotos como si se tratase de dos personas. Al frente, Patricio Albacete hoy. Un corte prolijo que le rasura en los parietales las canas que asoman. El brazo derecho tatuado erguido para sostener el mentón con el pulgar detrás del puño. Un pato reflexivo, de cara afilada, que poco se parece al del dorso, con el rosto ensanchado por los roces del rugby, el protector bucal y la camiseta de Los Pumas, que se puso más de 50 veces.
En tres capítulos, Albacete habla de él pero también de quienes lo rodearon. Detalla muchos aspectos desconocidos de su enfrentamiento con Agustín Pichot, tanto en el su rol como capitán del Seleccionado, como en su desempeño como dirigente de la Unión Argentina de Rugby (UAR), con pluri atribuciones.
También dispara contra el actual entrenador principal de Los Pumas, Felipe Contepomi, el asistente Juan Martín Fernández Lobbe –Corcho– y el ahora comentarista de ESPN, Juan Ignacio Hernández, a quien señala por ventilar intimidades del plantel a la prensa.
Con precisión quirúrgica, ofrece detalles de comunicaciones de correos electrónicos y la recreación de diálogos, cuenta aspectos de una interna feroz entre jugadores, entrenadores, dirigentes y gerentes de la UAR –algunos todavía en funciones- y situaciones que muestran a la gran familia del rugby, con las bajezas y mezquindades de cualquier otra.

Albacete es el Puma 610 según el nomenclador de la UAR; jugó tres mundiales, el de 2003, 2007 –con histórico tercer puesto- y 2011; Segunda línea con el cinco en la espalda en Belgrano, el Seleccionado y cada uno de los clubes franceses en los que forjó su carrera como profesional. Retirado hace más de 10 años, a los 44 publicó su biografía (“Mil batallas», Planeta 2025) en las que vuelca su recorrido de casi dos décadas en más de 400 páginas.
Sus “Mil batallas” son una analogía de sus lesiones, sus peleas, sus partidos, sus triunfos y derrotas y sus vivencias. Pero también de su carrera, sus años en la elite del rugby mundial y de Pichot, como su contracara. Albacete es uno de los eslabones del rugby que enlaza la última etapa amateur y la vertiginosa ubicación del Seleccionado argentino en el escenario Mundial.
Al margen de los conflictos que se reservan una buena cantidad de páginas, el ex Puma es minucioso para que el lector logre captar lo que desea graficar. Contextualiza los escenarios con la historia de los lugares que menciona, recurre a citas de canciones para transmitir sensaciones y apela a frases o pensamientos de personalidades para redondear ideas.
De algún modo, habla de lo que dice uno de los tatuajes que lleva “Dios, familia, amigos”. Es capaz de reconstruir ambientes que solo los protagonistas pueden vivenciar y deja que el lector se sumerja en una acción de juego que ni la televisión logra transmitir. En varios pasajes termina de ordenar su relato con referencias de la política argentina, un matiz que suele ser tabú en el rugby y en los deportistas en general.
El no a las Abuelas de Plaza de Mayo

En 2003, las Abuelas de Plaza de mayo formalizaron una campaña que llamó “Deporte por la Identidad” y que vinculaba al deporte para encontrar a los adultos que, cuando bebés, habían sido robados y entregados a familias generalmente vinculadas o cómplices del último régimen militar. En septiembre de ese año, varios planteles de fútbol salieron con una pancarta o las propias Abuelas lo portaron en el Monumental.
Los Pumas publicaron un comunicado extrañamente redactado, despojado de compromiso y distinto al que finalizaba con un slogan que apelaba a un simple llamado ante la duda de la identidad. “Los integrantes del plantel de apoyamos todas las acciones que tienden a respetar el derecho de todo ciudadano a conocer su identidad”, decía el trabalenguas del Seleccionado de rugby.
En una de las primeras referencias políticas del libro, Albacete revela el origen de ese comunicado. Cuenta que cuando un dirigente les dijo en el vestuario que Abuelas le pidió a la UAR que los jugadores firmaran una declaración de apoyo a la causa de búsqueda de los nietos desaparecidos, la negativa surgió de su oposición.
“Expresé que no quería que utilizaran mi nombre. Dije que querían contar con nuestro apoyo para defender su causa aprovechando el interés que suscitábamos en ese momento. Sostengo que la época de la dictadura fue un momento negro de nuestra historia, donde se cometieron atrocidades de ambos lados. También, de que muchas madres abuelas y familias sufrieron, y que, en muchos casos, sus reclamos son legítimos. Sin embargo, consideraba que ese tipo de asociaciones representaba un mero movimiento político que intentaba sacar provecho de un cúmulo de cosas para así utilizar su influencia y hasta desestabilizar o entorpecer a los gobiernos de turno”, escribió y desnudó el porqué de aquella declaración. Tenía 21 años.
Pichot, el enemigo íntimo

El ex capitán del Seleccionado Agustín Pichot es mencionado en buena parte del libro. Comienza tímidamente a ser mencionado como un referente de ciertas particularidades y termina con munición gruesa replicando idas y vueltas por correo electrónico y recreando conversaciones que dan cuenta de ¿mil batallas? cuerpo a cuerpo con el ex medio scrum o dirigente, según la época.
Señala a Pichot como el responsable de que algunos jugadores sostengan su carrera en el Seleccionado, al igual que los entrenadores; Que el andamiaje de la UAR funciona a su ritmo y que los negocios de sponsoreo, recaen en la imagen de jugadores de su núcleo.
“Me queda de Pichot la imagen de un tipo hábil para mentir y que no se hace cargo de nada. Cobarde en las discusiones y confrontaciones, porque siempre se irresponsabiliza y le adjudica el descontrol a quien que no está presente, diciendo algo incomprobable, típico de gente que trata de huir de la vorágine y de dejar todo más o menos tranquilo, pero después te clava el cuchillo por detrás”, lo grafica.
Palos para Contepomi

Además de ubicar a Contepomi y su actual ayudante Fernández Lobbe, bajo la órbita de Pichot, en su libro saca a la luz los conflictos que tuvo con ambos cuando fueron compañeros. Sin lugar a los eufemismos, da cuenta de un rumor que circuló en 2009, cuando el actual entrenador fue designado capitán de Los Pumas y participó de la ventana de noviembre con una mano lesionada, que le impidió jugar el tercer partido ya que la herida se le terminó infectando. La tríada de partidos era Francia, Italia e Irlanda.
“Felipe llega con la mano lastimada (…) cuando le preguntan aduce un accidente doméstico. Pero el ambiente del rugby sigue siendo muy pequeño y bastante familiar. Todo se sabe. En una fiesta de Cardenal Newman se habría cortado la mano al amanecer (…) En Dublin lo tienen que operar. Le extraen vidrios de la herida y se tiene que quedar internado”, cuenta.
La pica entre los dos también fue retratada en los enfrentamientos de clubes. En uno, hasta forcejearon y estuvieron a punto de tomarse a golpes. Todos los detalles y el resto de las batallas restantes se pueden leer en el libro que entrelaza miseria, historias mínimas dignas de ser leídas y varios relatos que, ensamblados, explican –para bien y para mal- el presente del rugby argentino.